domingo, 26 de febrero de 2012

¿Por qué ondeas esa bandera?

Podrías haber nacido en cualquier lugar del mundo, y sin embargo estás aquí ondeando una bandera que supuestamente te representa y matas y mueres por ella. Podrías no ser quien eres, odiar lo que amas hoy y desear lo que repudias. Podrías directamente no estar, pero sin embargo estás. No tener en tus manos lo que hoy te ofrece la vida, podrías haberlo perdido todo e incluso no haberlo tenido jamás. Y es precisamente porque estás, porque eres tú, porque ondeas esa bandera, porque tienes, porque eres feliz, porque lo eres y porque no lo sabes. Por eso, es por eso por lo que tienes una obligación. Una obligación que puede suponer dos respuestas, la primera la sabes, la de huir, la de siempre. Y la segunda bueno, la segunda requiere más esfuerzo, como todas las cosas bellas. Buscar aquí, a pie de calle, buscar allí donde no haya alguien sonriendo y solucionarlo. Enseñarles la realidad, iluminar. Porque tienen los ojos abiertos pero no ven nada.

Sofía


Fotografía: http://anatman.blogia.com/ "De la felicidad y la pobreza"

jueves, 23 de febrero de 2012

Yolanda, de Sabina





Escuchando "Yolanda" de Sabina una tarde en la que llovía me conmoví. Una canción de amor sin palabrería, y es que las palabras son muy valiosas, y por eso estoy enamorada de ellas. Y si se usan en abundancia y se usan mal se distorsiona lo que se quiere contar. Y estaba claro que esa canción iba dirigida a un ser encantador, a una mujer maravillosa que se llamaba Yolanda. Y traté de imaginar cómo sería ella, cómo debía de ser para que alguien le escribiera una canción tan bella. Entonces escribí esta historia. 


"En la calle número ocho mirábamos empapados por la ventana. Papá besaba a mamá y le susurraba algo al oído que no podíamos escuchar, y nos reíamos. Yolanda me sujetaba en brazos, y yo apoyaba mi cabeza sobre su cuello con olor a lavanda. Luego caminábamos por las calles mojadas y sus tacones resonaban en todo el lugar, y los hombres la miraban y yo les observaba sonriente. Entrábamos en el jardín de Ricardo y entonces era ella la que susurraba, y yo, yo jugaba con los gatos. Después regresábamos y papá y mamá nos cubrían de besos.

Cada mañana podía oír sus trotes sobre el suelo de mármol viejo de la cocina, y bailaba mirándose en el reflejo del cristal. Y yo entraba, y se sonrojaba. Después empezaba a tararear y acabábamos cantando a gritos. Y Yolanda acababa agarrada a papá y bailaban por toda la casa. Después se marchaba a hablar con la vieja Marie y le cuidaba, la vieja Marie sufría de alzhéimer, y nadie quería estar con ella, solo Yolanda. Algunos días se ocupaba de asearla y volvía a casa despeinada y cansada, y a veces tenía cristalitos en los ojos, pero me sonreía y me volvía a coger en brazos. Decía que la vida era azul, decía que llorar es de fuertes y me invitaba a hacerlo si estaba decepcionado o derrotado, pero ella jamás lloró, decía que el mundo guardaba un secreto y que era yo el que tenía que descubrirlo, decía que cada minuto había al menos alguien pensando en mí, que yo era guapísimo, el más guapo de los hermanos, y que lo sería aun más cuando creciera. Llevaba siempre vestidos coloridos, y decía que era importante, que provocaba felicidad en otras personas, que era importante no vestir de marrón, por eso yo siempre llevaba los pantalones rojos manchados, decía que el mundo era amor, todo amor, decía que no amaba solo a un chico como las demás, que amaba a mamá, a papá, al roble junto al portal y a los gatos de Ricardo, y a mí, bueno a mí más que a nadie en el mundo. A veces me preguntaba si yo creía en Dios, ella decía que no lo sabía, pero que lo averiguaría. Me dijo que lo importante es llevar los dientes limpios para poder sonreír siempre, que la vista proporciona el mayor de los espectáculos, me dijo que la vida merecía ser vivida porque era corta, porque era corta y porque era preciosa.


Y yo no entiendo cómo es que ella lo sabía. La vida sí es muy corta. Ni siquiera recuerdo su cara pálida y demacrada en la cama, no soy capaz de recordar cómo murió, y cada vez que pienso en Yolanda la imagino con su vestido de lunares amarillos bailando vals en la cocina."


Sofía

domingo, 12 de febrero de 2012

Enamorada del señor Domingo



Estoy enamorada del señor Domingo. Hay dos formas de vivir; respirando o imaginando que respiras. Me inclino por la segunda. Cuando tenía unos diez años solía imaginarme que los días como hoy son en realidad un hombre gordo y con bigote llamado señor Domingo, por eso me negaba a escribirlo con minúscula, pensaba que se levanta radiante y que por eso quema el sol, que huele a perfume y va dejando rastro de él por donde pasa. Y prefiero seguir pensándolo, prefiero pensar que el señor Domingo viene, otra vez, para bordar la semana. Para dejarme descansar o invitarme a dar un paseo, aunque haga frío. Que viene porque quiere que coma paella en la playa con olor a sal. Que trae de la mano a mis abuelos y que ellos me sonríen muy arreglados. Prefiero pensar que el señor Domingo viene hoy porque me quiere, porque es el día especial, que me trae algún recuerdo feliz por si la semana ha ido mal, por si he decidido que ya no puedo más. Y que me regala un pedacito de algo que me hace recordar que pase lo que pase hay Alguien ahí que quiere decirme que siempre ha estado y que siempre estará. 

Que paséis un buen Domingo, con mayúscula. 

Sofía

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Supongo que el mundo no sería lo mismo sin esas enormes, maravillosas, brillantes y amarillas réplicas del Sol. Nada sería igual sin girasoles.